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Paolo Moiola
La stanza degli ospiti ()
La Historia vota por Hugo Chávez


Hace dos mil quinientos años, Aristóteles - uno de los filósofos griegos que sistematizó el conocimiento acumulado durante los siglos anteriores, conocimiento que, de alguna manera, constituye uno de los fundamentos de Occidente- sintetizó las consideraciones acerca del convivir en sociedad en La Política (de polis que significa ciudad, la palabra política es el arte de convivir entre muchos en la ciudad).

¿Cuándo estalla la revolución?
Ese libro empieza con la Economía Doméstica, es decir el conjunto de tareas realizadas para llevar a la casa la comida y las demás cosas necesarias para la vida cotidiana y termina con Teoría de las Revoluciones, que fundamentalmente se dan cuando ya no se logra cumplir esa tarea. La Revolución sucede cuando se cumple un ciclo que, según sus propias palabras, se repitió miles de veces antes de él y, según nuestro propio testimonio, incontables después: el ciclo que lleva del poder democrático a la oligarquía y a la corrupción, de allí al can-sancio del pueblo, de allí a la tiranía que no tiene más remedio que sacar a los corruptos con la violencia. La revolución promete mejoras, que por lo general no logra cumplir cabalmente y entonces, cuando el escenario ha sido limpiado de las oligarquías corruptas anteriores, deja que el ciclo vuelva a empezar, permitiendo rearrancar el juego democrático.
Guste o no, no hay un solo ejemplo en la historia conocida del planeta en donde un pueblo no haya seguido ese ciclo.

El ciclo revolucionario

La Venezuela de los últimos cuarenta años se escribe perfectamente en el ciclo: el poder empieza democrático (años sesenta, Bentancourt, Leoni), se vuelve oligarca y corrupto (años setenta, Caldera y CAP I), cansa al pueblo y a las familias que ni haciendo milagros logran hacer mercado (años ochenta, Herrera Campins y Lusinchi). Cuando a final de los años ochenta CAP II llega al poder la situación es tal que -como dice Aristóteles- el pueblo quiere sacar a esta gente de la escena con un golpe de esponja, así como se limpia la mesa de los desperdicios después de comer: un pañito humedo, y pasarlo por la escena para sacarse de encima a la sed de dinero de Sra. Ibañez y su tropa recadiana, la sonrisa de ese tipo que nos insultó diciendo que era como nosotros, el gordinflón que habla con refranes y fue capaz de romper la caja de conversión de la que Venezuela había gozado desde hace muchos años y mucho antes de que se pusiera de moda, y todos esos otros personajes escuálidos, superficiales, ordinarios, gritones, que los acompañaban en un Congreso cada día más descalificado.

El 27 de Febrero

Fue así que los años ochenta cerraron con el comienzo de la ola de violencia descrita por Aristóteles: el sacudón del 27 de febrero de 1989. Es obvio que ese sacudón no fue explícitamente contra CAP: la situación era tal que cualquiera lo hubiera recibido, porque la mezcla explosiva de incompetencia y deshonestidad del gobierno anterior había llevado al país a una situación ya no sostenible y no se podía llevar comida a la mesa.
El gobierno cometió el error imperdonable de ordenar disparar al pueblo. De allí empieza la escalada del deseo de conseguir un trapito humedo para sacarse de encima esos malditos oligarcas. Y CAP, a pesar de no gobernar solamente con los oligarcas y poner en el gobierno a muchos jóvenes venezolanos preparados, no corruptos, deseosos de rehacer la patria y -creo yo- con los conocimientos necesarios para tener éxito en la tarea, ya no podía tener éxito, porque se había situado en esa posición, la de ser objeto del deseo de limpiar la mesa. Y ese deseo es mayor que la capacidad de darse cuenta de que están pasando cosas muy buenas en el país (Venezuela tuvo en los años 90 y 91 un altísimo índice de crecimiento económico).

Hugo Chávez y la historia

El 4 de noviembre de 1992 la historia toma prestada la figura del Comandante Hugo Chávez Frías para seguir con la tarea. Si no hubiera sido él, hubiera sido otro. Cuando un pueblo empieza a desear sacarse de encima a unos oligarcas corruptos, no hay marcha atrás: antes o después se los saca de encima (¡gracias a Dios!) y esto es difícil que suceda sin violencia, porque los oligarcas detienen las levas del poder. Los argumentos leguleyos emitidos por los oligarcas y sus tristes escribanos (los ¡constitucionalistas! no son otra cosa que los escribanos defensores de las ideas que los oligarcas plasmaron en el papel para adueñarse de la polis) de que ¡un golpe de estado rompe el hijo constitucional!, y que por lo tanto no se puede estar de acuerdo con él, es de una pobreza argumentativa histórica infinita, y además obvia muestra de mentalidad autocrática, ¡según la cual un papel escrito por unos oligarcas puede estar por encima del deseo del pueblo unido! En el momento de la revolución los papeles vuelven a ser papeles, y si llevan algo escrito encima, esto no pertenece a la vivencia sino a la historia. ¡Los tristes escribanos son capaces de declarar illegal hasta a la Revolución Francesa!

Lo inevitable

Poco importa, desde el punto de vista histórico, que el proceso se cumpla ese día o no, que por ahora quede suspendido, que tarde unos meses o unos años, que el Palacio se tome o no se tome. La teoría de las revoluciones no dispone de ningún guión firme. Lo único que nos enseña la historia es que es inevitable: la clase corrupta se quita del escenario, antes o después. Si no es el 4 de febrero, se intenta el 27 de noviembre, y si tampoco se logra el 27 de noviembre, se seguirá intentando. Antes o después, la historia cumple con la promesa y los gordinflones sin ideas, las sonrisas idiotas y las secretarias ávidas pasan al reino de los malos recuerdos y no siguen ocupando las primeras planas de los periódicos -muchas veces acompañando candidatas que se insultan a sí mismas, proclamándose independientes y mostrándose en intimidad complacida con esos tristes personajes gordos y lascivos-.
Esta, y sólo esta, es la razón histórica por la cual el candidato Hugo Chávez está de primero en la intención de voto y porque ganará las elecciones: porque es el único candidato que se percibe congruente con el deseo del pueblo de limpiar la mesa. Todos los demás candidatos -quien más quien menos- tienen algunas migas que defender en la mesa y por lo tanto se regodean en patéticos esloganes gatopordianos prometiendo cambios que no cambien nada.
Chávez ganará las elecciones porque es la historia que vota por él.

La ¡ruptura del hilo constitucional!

Y vamos a terminar estas reflexiones pensando un poco en eso de ¡limpiar la mesa!, operación que, como hemos argumentado, es un clamor de la historia.
Que guste o no, el cambio de un ciclo al otro requiere la ¡ruptura del hilo constitucional!. Porque es precisamente la ruptura que permite la catarsis. Nadie como individuo la quiere: es el proceso como tal que la necesita, para que los individuos depongan la rabia y la frustración acumuladas durantes los decenios de la corrupción y vuelvan a tener la energía limpia para construir. Es como en la relación interpersonal: todos sabemos que es mucho más civilizado intentar disipar las diferencias hablando y no cayéndose a golpes, pero a veces a pesar de saber que no tendríamos que hacerlo, perdemos los estribos y gritamos, insultamos y tenemos deseos de caerle a golpes al otro, especialmente cuando se trata de un otro que responde con mentiras a nuestros argumentos y que nos sigue haciendo trampa en el mismo intento de aclarar las diferencias. Con gente así, piensa uno, no vale la pena discutir. Mucho mejor descargar la rabia, aun sabiendo que eso no lleva a ningún lugar racional, pero sí le hace bien a la fisiología.
Así es para los pueblos. La rabia acumulada no se disipa con los discurso de amor de ex-misses. La rabia acumulada por un pueblo durante años se disipa con la ruptura constitucional.
Que guste o no, Venezuela necesita ¡ruptura constitucional!

La metáfora de ¡freir las cabezas!

Pero, no está escrito que esa ruptura constitucional deba ser física.
El pueblo quiere un acto de ruptura que actúe como pañito en la mesa: que quite del mantel el sucio que dejaron los oligarcas. Esto es lo que quiere. Pero no necesariamente quiere que sea física. Nadie, creo yo, quiere freir las cabezas literalmente. Pero toda la gente sana, creo yo, las queremos freir metafóricamente.
Y, mirando los acontecimientos desde el punto de vista histórico y no personal, descubrimos un hecho sumamente esperanzador: el argumento que más se está discutiendo entre los dos bandos -el bando de los que estamos en el proceso revolucionario empezado el 27 de febrero y que no descansará hasta limpiar la mesa y el bando de los oligarcas y sus escribanos- es el de la Constituyente.
La esperanza nace reflexionando que tal vez éste podría ser el camino que la historia ofreció para que la necesidad de ruptura sea satisfecha sin pasar por la violencia física. La razón histórica de la ridícula discusión entre los escribanos del regimen y las fuerzas vivas del país no es otra cosa que esto. Cuando los escribanos hacen largos y aburridos discursos para mostrar que la Revolución Francesa hay que borrarla de los libros de historia porque el estamento legal pre-existente no la permitía, lo que de hecho están haciendo es intentando que no se desate la ola de violencia sublimada, porque ella podría limpiarlos también a ellos. No se dan cuenta, cegados por su apego a sus migas, que sublimando el deseo de freir cabezas, lograremos tener una constituición en la que, por ejemplo, sea inhabilitado a cualquier tipo de cargo público -congresante, ministro, presidente, altos funcionarios de los gobiernos centrales, locales o municipales, corte suprema, etc.- a cualquier persona que haya ocupado alguno de esos cargo en los últimos cuarenta años en nombre de uno de los partidos que llevaron el país donde está. Y que con esto, nuestro deseo de limpieza quedaría satisfecho y se podría evitar la irracional explosión de violencia física.

El camino Constituyente

Sí, los leguleyos tienen razón. Tal vez el pueblo cansado y pidiendo constituyente se está metiendo por encima del estamento legal existente, así como hizo miles de otras veces en la historia de la humanidad. Pero los leguleyos, cegado por el miedo de perder sus migas de poder, no comprenden que esta ilegalidad tal vez sea precisamente lo que puede evitar que nuestro país tenga que pasar por un proceso de violenza física.
Y esta es la segunda razón por la cual la historia vota por Chávez. Porque el venezolano no es violento y no quiere freir cabeza en el sentido literal. Lo que quiere es que los oligarcas se vayan, y hasta está dispuesto -desde el bonachón que generalmente es- a que sigan viviendo en paz su vida, con tal que no se metan con el poder.
Con el camino constituyente Chávez está precisamente ofreciendo un camino práctico para que esa energía de cambio se canalice sin violencia física.

Giulio Santosuosso, Caracas


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